Entrevista en CUADERNO DE CREACIÓN a propósito de UNO DE ESTOS DÍAS

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SOBRE JOSÉ IGLESIAS BLANDÓN

Cuaderno de creación (nº. 15), pp. 45-52 · 7/05/14

Por Alberto Guillén, escritor y periodista

 

 

Ventajas de limitar el campo de batalla a casa

 

Conocí a José Iglesias Blandón en un aula de la Universidad de Sevilla, hace cinco años. Uno no deja de agradecer su siempre amabilísimo estar y el entusiasmo con que regala su pasión por la Literatura a los que tenemos la suerte de tratarlo. Hoy volvemos a juntarnos para celebrar que Mezenas Grupo Editorial acaba de publicarle Uno de estos días, un libro de relatos de corte intimista, una mirada precisa e incisiva sobre nuestro más inmediato entorno.

 

Después de tanto trabajo el libro por fin está aquí; imagino que te sentirás contento y orgulloso…

Tras su presentación en Sevilla, una mujer se acercó para explicarme qué había experimentado ante algunas descripciones concretas del relato «Lugarteniente de guardia». Recientemente, un chico me confesó cómo aún seguía reflexionando sobre la historia que afronta «¿Y hacia dónde vais?». Me contentan y enorgullecen ese tipo de cosas. Originar sensaciones, hacer pensar. Porque la Literatura debe ser subversiva, en todos los sentidos. Un espacio para la agitación endógena. No sé si, a estas alturas, la Literatura conseguirá cambiar el mundo, pero al menos que altere los ojos de quienes se asomen a él.

 

«Qué hacer», el relato que abre fuego, está narrado en segunda persona, lo que es, además de técnicamente complejo, bastante poco usual. Dime, ¿qué efecto buscabas con ello?

Parodia esos manuales de autoayuda que señalan cómo actuar, por dónde tirar ante determinado aparente obstáculo. Es una segunda persona imperativa: ordena a la protagonista femenina, con carácter un tanto férreo, por momentos inflexible, dejarse de lamentaciones, tomar las riendas. Y este ardid implica al lector, quien caminará de la mano del personaje, muy próximo, participando en su evolución (o involución), en su sistema de reconocimiento, entre una trama que travesea siempre al despiste.

 

Relatos como los mencionados «¿Y hacia dónde vais?» y «Qué hacer», o «Uno de estos días», muestran personajes castigados por la desventura amorosa. En general parece que el desamor recorre el libro como un velo de infelicidad…

El amor, de una forma u otra, en mayor o menor medida, siempre genera violencia. Una manifestación de esa violencia es la soledad, y... no hay mayor soledad que la que se da en compañía.

 

El aislamiento y esa testarudez incorregible acaban pasando factura al protagonista de «Te esperaré». Incluso cuando quiere poner remedio. ¿Crees que nos enfrentamos a un destino escrito de antemano?

Creo que una mínima variación de las condiciones iniciales, motivada por una brisa, un braceo o una llamada sin responder, puede alterar peligrosamente la evolución de todo el sistema. Llámalo teoría del caos, o llámalo destino. «Te esperaré» hace fuerte el pensamiento aunado de los filósofos presocráticos Heráclito y Parménides: todo pasa (una discusión), pero a su vez todo queda (las esquirlas del orgullo, el rencor, la soberbia, el egoísmo).

 

«Este sitio encantador» es sin duda el relato más sucio del libro. Y digo sucio en un sentido bukowskiano…

Por la explicitud del entorno, sin embargo, de manera soterrada, hay personajes y relaciones más sucias, como la que mantienen Margot y Harold en «¿Y hacia dónde vais?», sumidos dentro de la cotidianidad. «Este sitio encantador» (que de encantador, ya lo comprobará el lector, solo tiene el título) habla sobre planos de realidad, sobre puntos de vista: vivimos en una sociedad maniquea donde todo, desafortunadamente, se reduce a bueno o malo, a cierto o falso, a real o ficticio. Uno de estos días, en general, contiene homenajes literarios a Charles Bukowski, A. M. Homes, Raymond Carver, Lorrie Moore, John Cheever o Tobias Wolff, entre otros. Y algo así como: «Gracias por todo, chicos, a partir de ahora continúo solo.» Aunque considero que un escritor vive —y vivirá— en permanente búsqueda y desarrollo de su voz narrativa, somos inexorables hijos de nuestras lecturas.

 

Ya que hablamos de influencias… Tú mismo te reconoces deudor de la tradición norteamericana y creo que muchos lectores lo apreciarán enseguida, pero me gustaría saber más. Cuéntanos tu relación con otras corrientes.

Mis huellas hasta los norteamericanos proceden de ese realismo europeo del XIX, personificado en autores como Pérez Galdós, Stendhal, Flaubert, Dickens, Tolstoi o Dostoievski, quienes ya reflejaron al individuo como documento de un contexto sociocultural. He manoseado con fascinación la paulatina fragmentación de dicha corriente literaria: el naturalismo en Chejov, el posromanticismo en Melville, la novela psicológica en Joyce, Luis Martín-Santos y... William Faulkner, un arquitecto narrativo, maestro de la literatura americana contemporánea. Y, bueno, los escritores sudamericanos también me apasionan. Esa habilidad para combinar estética, metafísica e historia continental en un mismo párrafo. El realismo mágico me enseñó a ver siempre más allá de mis narices.

 

También encontramos otras muchas referencias repartidas por el libro: cine, música...

Mi generación crece de la mano del lenguaje cinematográfico. Toleramos sin parpadear el montaje más insólito en una película de David Lynch. Constantemente, mientras callejeamos, captamos acciones que imaginamos cual fotogramas. Así, y para estirar al máximo el campo de sentido, pensé Uno de estos días como enclave intertextual. Hay referencias al cine (Woody Allen, Orson Welles, Charles Chaplin), pero también a la música (Badalamenti, Marquee Moon, Bob Dylan, Coldplay), al teatro (Porgy and Bess, Love!, Valour! Compassion!), a la pintura (Andy Warhol, Rubens), a la propia literatura (Ernest Hemingway, William Saroyan, Jerome D. Salinger). El relato «No se puede cambiar un solsticio», por ejemplo, es cien por cien metaliterario. Hay, incluso, referencias a series televisivas, las cuales me influencian bastante como escritor, esencialmente, por su economía discursiva, y pienso en Breaking Bad, A dos metros bajo tierra o Mad Men.

 

Ya que mencionas ese relato, su carácter metaliterario te da mucho juego…

«No se puede cambiar un solsticio» desacraliza el arte, la creación literaria e incluso la figura del escritor. El narrador nunca se refiere a los protagonistas por sus respectivos nombres, son solo ÉL y ELLA, pues la condición humana no entiende de etiquetas. Ambos son náufragos urbanos que se creen sus estériles intentos por salvarse. Según me comentan los lectores, es el relato que más está gustando.

 

Flaubert decía que «escribir es una manera de vivir»; me gustaría saber cuáles son las razones que te mueven a ti a crear.

Escribo, sobre todo, para evadirme. La creación literaria me permite acreditar otras realidades, desenvolverme con fidedigna libertad, asumir con imágenes eso que cuesta reconocer o admitir verbalmente. Suele afirmarse que todos los personajes poseen algo de su creador, todos, hasta el más ruin. Y estoy de acuerdo. Tenemos una belleza perversa, y desconozco mejor sitio que la Literatura para explorar y cuestionarnos. Luego, en cierto sentido, quizá también escribo por necesidad, por esa necesidad de expresión que fascina al ser humano, a través de cualquier canal (solo hay que mirar algunos muros de Facebook). Y hay aquí un punto de inflexión reconocible: a los dieciocho años, una chica me regaló El nombre de la rosa, de Umberto Eco, una obra donde medité y jugué, a partes iguales, como hasta ese momento no lo había hecho con ninguna otra, y quise probar, por qué no, situarme al otro lado, tentarme, comprobar si realmente yo, vanidoso, también tenía algo interesante para aportar.

 

 

 

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