Entrevista a Víctor Manuel Domínguez Calvo

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Andalucía Crítica · 29/5/15

 

Víctor Manuel Domínguez Calvo, poeta

 

«Intento no contar qué siento, sino hacer sentir lo que vivo»

 

Víctor Manuel Domínguez Calvo perfila en su segundo libro, El vértigo del águila (editorial palimpsesto 2.0), un personal escenario introspectivo al servicio de la poesía como analista certera y mezquina de la condición humana. En las alturas de su experiencia proclama el fondo, eso que subyace bajo la siempre dolosa superficie, aquello que, pese a tenerlo ante nuestras narices, nos cuesta reconocer, asumir, nombrar. Un necesario poemario con alma de bisturí y cuerpo de anteojo.

 

¿Cómo se percibe el mundo desde lo alto?

Supongo que es un ejercicio de conciencia lo que en el fondo te aclara la distancia y la altura desde donde se acaba observando la vida y las cosas. Una forma de intento por aprehender y abarcar las dimensiones de tu mundo, y es aquí cuando la mirada ejerce una visión que puede ser de implicación o, por el contrario, evasiva. Creo que hay que alejarse para intentar captar una visión más amplia de la naturaleza humana, pero a la vez saber acercarse a comprender cómo funcionan los mecanismos internos que nos gobiernan, y eso sólo se puede conseguir analizando muy de cerca lo cotidiano. Para poder alcanzar las alturas habría que tener un suelo firme desde el cual despegar. Y el producto de todo esto sin duda es el vértigo, un sabor a peligro en la boca, la conciencia del riesgo.

 

¿El vértigo lo marca el lenguaje, esa distancia entre el decir y el mostrar?

El vértigo lo marca la búsqueda de perspectiva, y el perspectivismo se consigue alejándose con decisión de nuestras esferas de comodidad. La realidad se atrapa a través del lenguaje, es por esto que el lenguaje se nos convierte en la herramienta con la que se construye y da forma al mundo. A mayor dominio del lenguaje, mayor visión del mundo, sus realidades y abstracciones. Un lenguaje pobre implica una visión sesgada, parcial, endeble de aquello que se quiere decir o mostrar.

 

¿Qué le exige a un poemario?

Te puedo decir qué le exijo a los míos, que no es otra cosa que un efecto de viaje cómplice con ese lector ideal, un acto de comunicación desde lo íntimo y particular hasta intentar alcanzar un «nosotros universal» (que no sé si acabo consiguiendo), basado en el concepto, cierto o no, de vidas paralelas. Y por supuesto no contar lo que siento, sino hacer sentir lo que vivo; hacer sentir con la palabra, con una voz auténtica, que puede ser sincera o no, pero sí ha de estar siempre al servicio del poema, de su fin último, que no es otro que el fundirse en la vida de aquel que lo lee, lo interioriza y lo hace suyo.

 

Se puede ser poeta sin escribir ni una sola palabra...

Sí, cualquier persona que haya entregado su vida al arte es en parte poeta. Porque le hace falta la mirada poética en su oficio, que es anterior al desempeño de cualquier disciplina artística. Un pintor, un cineasta, un músico, un fotógrafo; todos llevan un poeta dentro. Hay fotógrafos o directores de cine que son más poetas que la mayoría de los poetas que escriben y publican. La mirada poética, afortunadamente, no es exclusiva del poeta, mientras que la función poética sí rige los diferentes lenguajes y expresiones artísticas.

 

A diferencia de su anterior poemario, Pronombres personales (editorial palimpsesto 2.0), muy visceral, este es especialmente meditativo...

Sí, así es, volvemos a hablar de perspectiva o de punto de mira, de mirilla. Mientras que Pronombres personales contaba con una voz fresca, juvenil, incluso a veces chulesca (en el buen sentido), este último libro, El vértigo del águila, quiso tener, debido a las temáticas de sus poemas, una voz algo más honda, meditativa, donde la lírica surge del pensamiento y no de una actitud, donde el punto de partida, o mirilla telescópica desde la que se lanza la mirada del que escribe los versos, es la contemplación meditativa que puede albergar alguien que ha vivido sus cuarenta y tantos y desea compartirlos en un juego de sincronía entre lo que se siente, piensa y escribe; un juego con una sola regla: que todos los elementos y mecanismos del poema ardan en concordancia con lo que pienso y soy.

 

Como autor, ¿le preocupa que el lector no esté en el mismo plano (cultural, social, generacional...) del poeta?

Sí, me preocupa bastante, ya que la poesía escrita, en su afán por crear un nuevo lenguaje, a veces olvida el receptor e inevitablemente se rompe la cadena del acto de comunicación. Y también sucede al contrario, que el lector ocasional de poesía no albergue la menor intención de esforzarse por estar a la altura o frente al reto de un poema complejo. Pero hay tanto donde elegir, tantos tipos y estilos diferentes de poesía, que el lector que se empeñe puede encontrar aquello que le acabe llegando y que normalmente está en su mismo plano social y cultural. Creo que sobran las excusas para no disfrutar de aquello que ofrece la poesía.

 

¿Hasta dónde alcanza su preocupación por las formas?

Yo concibo la forma como un camino, no como un destino. El mensaje poético necesita un determinado envoltorio. Pero ese vestido o ropaje debe ser parte consustancial del poema. Debe decir o sugerir y potenciar la carga poemática, aportar algo al mensaje y ser definitorio y necesario. Si no es así, la forma no aporta nada a las virtudes del poema, tornándose en ruido, convirtiéndolo en artificio, en un mero ejercicio de estilo. Toda forma en literatura debe tener un porqué y ser fruto de una necesidad, o rítmica, o de pensamiento, o incluso visual. Toda decoración es artificio necesario. Lo que se dice y la forma en cómo se dice son un todo o deberían serlo. En este último libro mío, El vértigo del águila, es cierto que adopto una voz más profunda, más honda, a la vez que una lírica más elaborada. Pero es que era la voz que me exigían las diferentes temáticas de los poemas. Desgraciado el poeta que sólo tenga una voz, un único tono monocorde, una sola mirada. No me interesa escribir dos libros iguales. Cada poemario debe ser mejor o peor, pero diferente al anterior. Por eso en El vértigo del águila es otra la voz, otro el poeta que habla, otra la mirada, que también es la mía, pero desde otro prisma.

 

En una ocasión mencionó que Cervantes, Shakespeare, Dostoievki y Tolstói podrían firmar la historia universal de la literatura...

Pienso que sí, que, aunque nunca estará todo dicho, hay que reconocer que todo escritor o poeta nace de estos cuatro grandes pilares de la literatura. Lo que ha venido después sólo son variaciones de lo mismo, con mayor o menor acierto. El canon sigue creciendo, pero aún no ha habido una revolución literaria digna de una auténtica ruptura con el peso de la tradición y el respeto que se siente por ella desde hace cuatrocientos años hasta hoy. Puede que el impacto de la tecnología traiga nuevas formas de hacer literatura, pero creo que su utilidad todavía está en pañales y habrá que esperar qué nos deparará el futuro próximo.