Entrevista a Rafael de Cózar

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Andalucía Crítica · 21/11/12

 

Rafael de Cózar, poeta, estudioso del vanguardismo literario

 

«La distancia es un buen espejo crítico que salva sólo a los supervivientes»

 

La intertextualidad como esencia artística, allí donde los tiempo y espacio de la interpretación potencian contextos, perspectivas. Rafael de Cózar, erudito en tales lides, juega con la simbiosis entre la poesía y las artes plástica para dejar secuelas, al igual que lo hace un sentimiento, el dolor ante la ausencia, la necesidad de expresión, porque él tiene muy claro que «el poema no procede de la realidad, sino de los ecos que dejó en la memoria».

 

Los huecos de la memoria (Ediciones En Huida) es una obra elaborado en dos partes entre 1977 y 1980; treinta años para considerarla concluida...

En este caso no se trata de treinta años de reelaboración, pues muchos poemas fueron publicados durante esos años en revistas y antologías y tan sólo algunos quedaron inéditos, pero como libro, finalista en los premios Ricardo Molina y Rafael Montesinos, seguía sin publicarse, entre otras razones porque soy reacio al exceso de libros en proporción a la edad. Estoy convencido de que un libro debe ser una unidad, no una colección de poemas sueltos a los que se le pone un título. A estos poemas les viene bien «ejercitarse» en los medios de comunicación y la distancia es además un buen espejo crítico que permite salvar sólo a los supervivientes.

 

Y precisamente muchos de aquellos poemas no sobrevivieron a ese tiempo y espacio y tuvieron nuevas versiones posteriores...

La esencia original es la de esos años 78-80, pero la forma cambió en algunos poemas. Entiendo al modo de Baudelaire que un libro debe ser una estructura. En este sentido las dos partes se complementan: «La copa de los ecos» conserva aún restos de ese vino que es el amor perdido recientemente (corresponde al primer periodo). «Las sombras de tus ecos» ya no están en la copa, sino en la memoria (son poemas de la etapa final, hacia 1980). Por eso el título: Los huecos de la memoria alude a los que, en ella, quedan aún impregnados de ese amor real y vivido. Escribir de lo que se ha vivido es para mí esencial, pero el poema es una operación artística, no de traslación biográfica, es decir, como señalaba Bécquer, «una operación artificial».

 

¿De qué modo ha evolucionado la voz del poeta en esta treintena?

No estoy muy seguro de que la evolución sea muy marcada, ya que, entre mis temas preferentes, el amor es uno de ellos. Es cierto que no se vive igual a los veinte que a los cuarenta años, pero la escritura sobre el amor lleva siglos merodeando a los poetas con parecidos acentos. Creo, de todos modos, que mi poesía de los 70 era un tanto más oscura, más influida por las vanguardias, aparte de la poesía visual. El mejor ejemplo es mi segunda novela, El corazón de los trapos, que obtuvo el premio internacional de novela «Vargas Llosa» en 1996. La base primera, escrita en esos años de 1978 a 1982, es la misma de Los huecos de la memoria (también el personaje real es el mismo, la misma), pero tuvo un largo proceso de nuevas redacciones, hasta la definitiva. Es un largo monólogo investigando el fenómeno del desamor. Tal vez, sin dejar de lado cierto elemento lúdico, la poesía posterior se ha ido clarificando, aunque lo cierto es que a este poeta no lo he estudiado a fondo, en plan profesional, como crítico. Mi siguiente libro publicado, Ojos de uva, del que dicen es el mejor, es un libro más estructurado aún, con un hilo conductor que arranca un presente histórico para ir luego hacia el pasado y hacia el futuro. También este libro se basa en un personaje real.

 

¿Existe tanto trecho entre esos «yo-poeta» y «yo-real» a los que se refirieran autores como Rimbaud, Mallarmé o el propio Baudelaire?

Coincido con ellos en que el «yo-real» es quien vive y el «yo-artista» el que elabora una obra. La biografía en sentido estricto, si no es muy accidentada, interesa a la familia y a los amigos. El que debe escribir, componer, o pintar es el “yo-artista”, el que ha leído mucho y se ha formado a fondo, como en cualquier profesión. Y defiendo la profesión frente a la afición, del mismo modo que la ejerce un tenista profesional, frente a un tenista dominguero, que desea tan sólo hacer deporte. Al lector no debe importarle si el poeta vivió o no una realidad, pero debe presentirla como si la hubiera vivido. El artista debe ser como un gran actor, capaz de meterse en un papel y creérselo, reviviéndolo y sufriendo con él. El poema no procede de la realidad, sino de los ecos que dejó en la memoria, que ahora, tras el esfuerzo del lenguaje, se convierte en otra realidad nueva y distinta.

 

Los huecos de la memoria se zambulle en el amor desde el trampolín de la pérdida...

He investigado a fondo la temática amorosa. Estoy en mi novena pareja y espero que sea definitiva, pues ya investigué demasiado en la realidad: una media de tres años por experiencia, con sus inicios y sus siempre dolorosas rupturas. Pero también he trabajado el tema a nivel de estudio, el conocimiento de la literatura erótica y amorosa. Llevé la dirección literaria de mi editorial El Carro de la Nieve, que sacó una serie de antologías de poesía erótica desde los griegos al presente. He trabajado las grandes obras, Ananga Ranga, Kamasutra, El Ktab, El collar de la paloma y tantas otras, hasta el amor cortés, y los actuales, Apollinaire, Bataille, etc. Tal vez el estudio del tema no era sino interés por conocer la realidad y aplicarla a mis casos. Creo que no muchos saben lo que es el verdadero amor, mucho más complejo que el sexo, la atracción, el afecto, el compañerismo o el deseo simplemente de no estar solos.

 

Porque es en la pérdida cuando empezamos a comprender. «Cuando siento, no escribo», que dijera Bécquer...

De acuerdo plenamente. Cuando vivimos el amor no lo pensamos, no lo analizamos. El esfuerzo principal reside en que funcione lo mejor posible. Cuando se ha perdido es cuando uno medita sobre él, y hace falta además cierta distancia, cierta perspectiva. La inmediatez en la escritura tras la pérdida nos lleva a escribir biografía, no literatura. Esta meditación no puede ser filosófica, ni de análisis psicológico, o revisión histórica, sino poética.

 

¿Es el suyo un camino desde la pintura a la poesía o viceversa?

Empecé como pintor, con varios concursos y premios antes de los veinte años, con formación pictórica materna, quien había hecho Bellas Artes. La pintura predominó entre los siete y los diecisiete años. Luego, con algunos antecedentes previos, avancé en lo literario y también obtuve algunos premios. Hacia los veinte años la dedicación pictórica fue decayendo en proporción con la literaria, pero tal vez porque empezó a proyectarse en la poesía visual, es decir, en la fusión de ambas. Algunos ejemplos de esa época están en Los huecos de la memoria. Nunca he dejado de practicarla, con etapa de mayor o menor atención hasta el presente. Desde hace unos años busco ya la fusión con la música: poema visual recitado y con fondo sonoro. Ya trabajo en el audiolibro, que sería el vehículo ideal para mí.

 

Esa línea de integración poema-dibujo que ha seguido en estos años no abunda demasiado en la poesía visual de nuestros días...

La actual poesía visual suele tender más hacia lo ideográfico. En mi caso, el modelo más parecido sería el del emblema del Siglo de Oro: un poema y un dibujo que podrían leerse independientemente, pero que aparecen fusionados. El poema puede ser incluso tradicional, recitable, al igual que la imagen plástica, siempre reconocible. Lo novedoso, si es que hay algo, es que el dibujo y el poema se complementan. No se olvide que mi tesis doctoral fue precisamente esa fusión de códigos por los que la literatura se acerca a la pintura y a la música, desde el siglo IV a. C. hasta el presente, la cual se publicó con el título Poesía e Imagen, que puede verse en internet.

 

Sin embargo, su producción es más reconocida que conocida...

Efectivamente. Jamás he buscado un editor, lo que ralentiza la publicación. Además soy partidario de no publicar nunca un libro que pudiera mejorarse. Cuando he sacado uno es por haber llegado a la conclusión de que difícilmente podría mejorarlo, es decir, que había llegado al límite de mi capacidad, aunque fuera consciente de que otros lo hubieran podido mejorar. Uno piensa que tal vez su «hijo» es un tanto feo, pero ya lo hemos vestido, acicalado y maquillado lo mejor que podíamos, según nuestros medios. El reconocimiento es mucho mayor que el conocimiento de mi obra, pero no olvide que he tenido en torno a seis mil alumnos de Filología Hispánica, hoy profesores de literatura, además de publicar en prensa, radio, televisión, y hacer muchas actividades como conferencias, congresos, presentaciones de libros, etc. Es decir, que hago mucho la calle, y a buen precio, pero no soy buen representante o manager de mí mismo. No creo además que mi estilo sea de masas, aunque la poesía visual sí tiene bastante buena acogida. De todos modos, también puede ser problema de raíces: nací en Marruecos, me crié en Cádiz y vivo en Sevilla. En Marruecos me consideran español, en Cádiz, poeta sevillano y en Sevilla, poeta gaditano; es decir, a menudo estoy fuera de sus antologías.

 

El escritor Fernando Quiñones, a diferencia de otros géneros literarios, comparaba la poesía con un trago de güisqui solo, sin rebajarlo con absolutamente nada. Usted al menos le echará hielo, ¿no?

Efectivamente, decía Quiñones que la novela es güisqui con hielo y agua, el relato con hielo y la poesía, güisqui solo, la base de todo. Estoy de acuerdo, pero yo he practicado el mosto, el vivo tinto y blanco, el coñac, el ron, la absenta, el kirsch, la grapa, el snaps, vodka y todo producto etílico que llegó a mis manos, pues como en el amor, no cabe el racismo. Hoy soy, por razones médicas, cliente confeso del güisqui con hielo y agua, muy bueno para el corazón, como vasodilatador, además de digestivo, y por tener muy poco azúcar. Además de eso, el vino rojo, que tiene tanino, bueno para el corazón. Como usted imaginará, después de ocho amores y vivir ya el noveno, el corazón anda un poco trabajado...