Entrevista a Paco Tous

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Andalucía Crítica · 4/12/10

 

Paco Tous, actor

 

«Los mejores actores tienen algo de payaso»

 

Que no les distraiga aquella barba: tras la célebre piel del inspector Miranda (Los hombres de Paco) se refugiaba uno de esos animales de la escena teatral. De raíces clown, la de Paco Tous, desde sus inicios en el Instituto del Teatro de Sevilla y a base de mucho oficio, es una vida pegada al mundo de las tablas. Su compañía, Los Ulen, de la que es miembro fundador junto a Pepe Quero y Maite Sandoval, se ha ganado a pulso el privilegio de ser una de las más prestigiosas de Andalucía por exigencia, compromiso y superación. Su arma, un humor honesto henchido de crítica social, con la cual van recorriendo mes a mes todos los rincones del territorio nacional.

 

Más de dos décadas ininterrumpidas sobre las tablas con Los Ulen, ¿cuál es el secreto?

Pues yo creo que soñarlo desde el primer día. Los Ulen, más que una simple compañía, es un proyecto, y los proyectos se crean con sueños, intentando hacer realidad los sueños, y de hecho la Sala Fli, donde estamos trabajando ahora mismo, es uno de los sueños realizados. Empezamos en 87 con nuestro maestro Fli, quien nos metió ese veneno, que dicen que es veneno pero, vamos, a mí me sienta muy bien…

 

Maná, maná, por ejemplo, es una obra que, tras su exitoso estreno en 1996, mantenéis en cartel cinco años. Ahora podemos verla de nuevo en representación…

Una compañía que tiene una sala en propiedad y demás está bien que tire de esos repertorios. De hecho, fíjate, si no fuera necesario hacer eso pues estaría la sala vacía, y gracias a Dios la tenemos llena; la gente quiere volver a ver esos espectáculos. Y de todos modos no son reposiciones así normales y al uso. Pasaron diez años hasta volver a montar Maná, maná de nuevo, había cosas que no nos cabían en la boca y no podíamos repetirlas igual: el mundo había cambiado y nosotros también, nos habíamos hechos más viejos, posiblemente más agrios, y nuestro estilo de trabajo es muy basado en nosotros mismos. Además, nos hemos estrenado en escenografía, vestuario… No ha sido tan fácil.

 

¿En qué diría que ha evolucionado la compañía a lo largo de todos estos años?

Hemos madurado como actores, como creadores, como empresarios teatrales, y al madurar en todo eso y aprender todos los días en realidad tú te exiges más y quieres que tu trabajo actoral y de creación sea más exigente. Hemos pasado por muchos períodos. Al principio era un humor mucho más blanco, más ingenuo, y ahora pues nos gusta más meter el dedo en la llaga: creemos que somos poseedores de una herramienta, el humor, y la utilizamos para la denuncia social, la denuncia humana, para muchas cosas.

 

En la obra Bar de lágrimas os acercáis a temas como el fanatismo, la desigualdad, la tiranía, el racismo, la deshumanización, el maltrato... El vuestro es sin duda un teatro comprometido…

Intentamos hacer casi por obligación, siempre lo decimos, la labor del bufón de la Corte: decir la verdad descarnadamente. Yo creo que ya las cosas serias como que no llegan. De Maná, maná, por ejemplo, hay una crítica que nos encanta que nos hagan porque es verdad: la gente sale del teatro diciéndose «Dios mío, lo bien que me lo he pasado, pero de qué cosa tan grave me acabo de reír, del día a día de tres parias, de lo horrible que es mundo, de enfrentarnos a la muerte, a la soledad…» Y la gente se ríe pero se va a casa reflexionando.

 

¿Cómo comienza su pasión por el arte de la interpretación?

Eso es muy desilusionante para la gente porque cuento la verdad, no me ha dado por inventarme otra cosa. Y es que en mi familia no había nadie dedicado a esto, e incluso yo siempre he sido muy tímido, hasta los dieciocho años o así no era capaz de hablar en público, y aún hoy me sigue costando. Creo que soy actor porque me gustaban las bailarinas. Yo iba a irme a estudiar veterinaria a Córdoba, pero me enamoré de una bailarina, vi que había unas pruebas en el Instituto del Teatro de Sevilla, donde también daban danza, y me metí a estudiar. En el primer año conocí a Pepe Quero y nos pusimos a montar cosas y a hacer teatro de calle, y hasta hoy no he parado…

 

¿Entonces el actor nace o se hace?

Esa es la pregunta del huevo y la gallina casi, pero lo que sí es cierto que si tú has nacido con un potencial y te conformas, lo llevas claro. A alguien que sienta la necesidad de expresar algo con su cuerpo, con su voz, con su creatividad, le diría que estudie. Creo que es necesario porque en esta profesión, cuando se pregunta eso de si se nace o se hace, parce como si hubiera algo místico, y lo que hay es algo muy de profesión, de oficio, y el oficio hay que aprenderlo: saber hablar a un público con unas técnicas de dicción, con una expresión corporal…

 

¿Se es mejor actor tras haber pisado un escenario?

En el teatro el actor se expone más, se arriesga más, eso sí es verdad, y arriesgándote es la única forma de aprender, pero lo suyo es que no te conformes y arriesgues también ya sea en televisión o cine. Por ejemplo, para mí un actor que arriesga es Javier Bardem, y por ello creo que es tan bueno. Creo que el actor lo que no puede tener es el culo plano. Si es cierto que pueda haber muy buenos actores que no hayan pasado por el teatro, pero el teatro te expone más al riesgo y al día a día. En televisión si estás mal se corta o se deja esa secuencia para mañana.

 

Si yo le preguntara por un momento inolvidable sobre las tablas, ¿qué me respondería?

Una vez, un cólico nefrítico. Era insoportable el dolor y actuar lo cuentas como una hazaña. Es un marrón tremendo: el espectáculo debe continuar y tú cómo lo vas a suspender, menos siendo una compañía independiente. Fue en Ávila. El médico quería dejarme ingresado aquella tarde y yo le dije que no, que me inyectara en vena cualquier cosa pero que debía actuar. Recuerdo que salía de los números y mis compañeros me recogían y me tumbaban en el suelo con contracciones en los riñones. Horrible. Estos son los relatos de las viejas glorias contando hazañas. Pero, como momentos inolvidables, de ésos que tiene esa magia y encanto, también recuerdo la imagen de la mano de mi maestro durante una actuación juntos, o algunas cosas divertidas como un ataque de risa del que has hecho cómplice al público.

 

Aprecio en Los Ulen bastante de esa estética esperpéntica de Valle-Inclán…

Has acertado. Fue un referente desde un principio. También es por nuestro trabajo en el Instituto del Teatro: la Comedia del Arte, lo que sería la máscara moderna, esas máscaras que tienen un sentido y un tono. A su vez está ese humor negro español, para mí incluso los cómicos españoles como Tony Leblanc, Alfredo Landa, o el padre de mi compañera Adriana Ozores, José Luis Ozores, toda esta gente que en algún tiempo fue como un cine un poco carca pero que formaron toda una escuela de cómicos: ese pobre hombre triste, gris, mediocre, tierno, que por voluntad y amor intenta hacerlo todo. Yo por lo menos tengo esos referentes. Y por supuesto, la técnica del clown, muy específica y clara, y mi maestro Friedhelm Grübe, Fli.

 

Imparte, junto a Pepe Quero, cursos de «payasología» incluso en Suramérica. Algunas reglas básicas del buen clown...

Hay algo a lo que nosotros llamamos de muchas formas: el neutro, el cero, el inicio, lo que sería la esencia. En eso tenemos un referente muy cercano, el niño. El payaso es pasar de cero energía a cien en un segundo, a veces no pensar, y a veces ser el hombre más listo del mundo. En ocasiones puede ser la voluntad. Creo que los mejores actores lo son porque tienen algo de payaso.

 

Durante todo noviembre habéis alternado dos obras en cartel, algo que soléis hacer en diferentes ocasiones...

Son obras que tienen su dramaturgia diferente, pero aparte de eso está el tono Ulen, el sello, digamos, si se le quiere poner un título. No es lo mismo que cuando estaba rodando Los hombres de Paco y hacía por la noche, en el teatro Lara, Maná, maná, o a veces de la obra de teatro pasaba a un exterior noche con la serie. Bueno, eso es oficio. Yo termino la obra y no se me queda el personaje en el cuerpo, si no estaría loco. Ahora acabo de rodar la película sobre el 23-F, haciendo de Tejero, y ahí no hay nada de humor porque este señor tenía muy poco, creo.

 

Pregunta obligada: ¿cómo lleva ser uno de los rostros televisivos más conocidos de los últimos años?

Deseaba afeitarme… Además, hacía la prueba: descansábamos de la temporada, llegaba el verano, iba a la barbería, me afeitaba y me iba a la calle Sierpes o a Nervión Plaza. Prueba de fuego. No, pero la verdad es que también hay momentos que son muy gratificantes. El porcentaje mayor es gente muy educada y muy amable, pero hay un porcentaje que es muy maleducada y muy desagradable. Qué vamos a hablar de la educación que tenemos, que todo el mundo se cree paparazzi. Yo he estado en un restaurante con un tío al lado grabándome con un móvil cómo comía lentejas.