Entrevista a Montero Glez

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Andalucía Crítica · 23/1/13

 

Montero Glez, escritor

 

«Los editores apenas existen, son especie a extinguir»

 

Polvo en los labios (Lengua de Trapo) reúne algunos de los mejores relatos de Roberto Montero Glez, situado entre los autores con mayor personalidad de la narrativa española actual y capacitado como pocos para rastrear habilidosamente entre los vericuetos de la sociedad.

 

Por estos lares literarios transitan juntos reyes y parias, pues en los suburbios de la condición humana parece que no existe eso de las diferencias jerárquicas...

Mira, a mí lo que me interesa de una persona no es su ideología ni su clase social, sino su biografía. La relación con la propiedad que se ha ido tejiendo a lo largo de su vida. Para mí la propiedad es un robo. Por eso estoy a favor de la recuperación individual de lo que por derecho natural nos pertenece. A mí un hombre dedicado al monopolio me puede contar que es de izquierdas y yo le puedo decir, pues yo del Atleti.

 

La suya es una voz nada academicista, curtida en esa tradición «callejera» iniciada por Quevedo y continuada por Valle-Inclán, Umbral o Cabrera Infante...

Soy un prosista que los únicos círculos cerrados que hago son anillos de humo cuando me fumo un porro. Cada historia tiene una sola forma de contarse. Si aciertas y das con la forma, consigues contar. Y esa forma es lo que se llama estilo. El mío es Folclore Cósmico, pues así lo bauticé para no ser menos que el Gabo y su Realismo Mágico. Esas historias que cuento y que determinan mi estilo son historias que se dan en los márgenes de la condición humana, como muy bien dijiste antes, y vienen determinadas por la relación del Hombre con la propiedad que te decía al principio de la charla.

 

¿Qué papel ocupan en su herencia literaria las novelas hard-boiled?

Un buen sitio. Las novelas «pulposas» a las que me enganché a los veinte años siguen ahí y cada vez son más. Ahora me acabo de leer la última que ha sacado Higgins, Mátalos suavemente, y tengo ya dispuesta una de Edward Bunker. Son más actuales, pero siguen la estela de la generación del hard-boiled. Con el relato titulado «Lulú» he querido rendir tributo a esa literatura «pulposa», que aquí tiene su representante en José Luis Alvite y la hace en los periódicos. Un maestro.

 

¿Existen aún editores? Pero me refiero a los de verdad, no de ficción...

Apenas. Son especie a extinguir. Yo tengo la suerte de tener como amigo al más grande, Mario Muchnik, que además de amigo me ha editado y espero poder seguir haciéndolo. El editor es quien te pone en contacto con tu obra y te hace crecer a la vez que tu obra crece. Es figura muy importante en esto. Mario es un editor, un oficio que no hay que confundir con el de la gente —por otro lado muy maja, muy agradable— que trabaja en las editoriales. Para mí Mario es el mejor, pero eso no quita que también podamos hablar de otros editores de raza como Isabel, de Casariego, o Inka y Jacobo, de Atalanta, Solano, de Libros del Asteroide, Juan Casamayor, en Páginas de Espuma, y por supuesto los chavales de Lengua de Trapo, con quienes he encontrado también ese buen rollo de gente entregada a ponerte en contacto con tu obra. Me mola cómo trabajan. Lo hacen con entusiasmo, cuidan todos los detalles. Son editores.

 

¿Cómo debe hacerlo un buen escritor hoy día para no morir en el intento?

Leer con gusto.

 

Bueno, hay quien usa esa primera persona narrativa que ofrece la Literatura para encontrarse o comprenderse...

Desde Miguel Cervantes, protagonista de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrito en primera aunque parezca en tercera: «En un lugar de la mancha, de cuyo nombre (yo) no quiero acordarme...»

 

¿Que suele exigirle a la Literatura, o, mejor dicho, qué le exige la Literatura?

Me exijo a mí mismo estar a la altura de la Literatura para poder tratarla de igual a igual.

 

Confiéselo, por favor: ¿cómo se ve la Gran Vía desde la ventanilla de un taxi, a la vera de Chet Baker?

Lenta, muy leeeeeenta. Date cuenta que son los años 80, el Madrid de la heroína, una raya que atraviesa la ciudad y que engancha sin concesiones a todo el mundo, sin distingos entre clases sociales. Y que mata el tiempo dejándolo caer muy lentamente...