Entrevista a Javier Calvo

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Andalucía Crítica · 2/8/10

 

Javier Calvo, escritor

 

«Corona de flores es, a nivel profundo, una obra elegíaca

sobre la profanación de Barcelona»

 

La narrativa de Javier Calvo supone un profuso soplo de brisa fresca en tiempos de bochorno literario. Al margen de temáticas mil veces exprimidas y una nimia innovación de estilos, sus historias, poseedoras de una potente fuerza atractiva, asumen el compromiso de la originalidad al servicio del entretenimiento, mediante una magistral recreación ambiental y caracterización de personajes. Buena muestra de ello es su última novela, Corona de flores (Mondadori), un relato gótico de crímenes ambientado en la Barcelona de finales del XIX, que porta en su entraña la tradición victoriana de Arthur Conan Doyle o Charles Dickens, el realismo balzaciano de Narcís Oller o ese sabor mágico de Juan Eduardo Cirlot o Joan Perucho; un placer para los sentidos «sobre la construcción de la ciudad moderna y las fuerzas morales, científicas y mágicas que están en lucha en la misma». Esotérico, alucinante o macabro son sólo algunos epítetos…

 

El contexto histórico en el que se desarrolla Corona de flores, la Restauración borbónica, supone un pilar fundamental…

Supongo que podría haber situado la trama en otras épocas históricas, pues el que yo considero el conflicto central del libro, que es el conflicto entre modernidad y superstición, o ciencia y religión, o racionalidad e irracionalidad, es universal. Sin embargo, me resultaba muy útil centrarme en el periodo del nacimiento de la ciudad moderna. Por otro lado, se trata de una etapa muy oscura para Barcelona, en todos los sentidos. La ciudad se acababa de quedar bastante huérfana de identidad después del derribo de las murallas. Hasta entonces había sido una ciudad pequeña, artesanal, casi medieval en su estructura, y de pronto aparece una expansión caótica, capitalista, una fiebre del oro que apunta a un futuro industrial. Además, la ciudad carece de instituciones propias, está gobernada por un capitán general, carece de producción cultural, de dinamismo social… No es la época inmediatamente anterior de la Revolución liberal ni tampoco la inmediatamente posterior de la Renaixença, el renacimiento cultural catalán. Es un interregno sórdido y deprimente de por sí.

 

El otro pilar lo formarían unos personajes aberrantes, desquiciados (de hecho, sus protagonistas son un inspector paranoico y violento y un anatomista con un pasado de locura homicida), que, construcción psicológica al margen, dan idea de metáforas sobre conceptos, entornos, contextos…

Es verdad que tienen esa doble vertiente. Intenté que su condición de metáforas fuera sutil y en la medida de lo posible ambivalente para evitar caer en el terreno del relato de ideas o algo parecido. Pero es cierto que Menelaus Roca, el anatomista protagonista, representa la vertiente más inhumana y brutal de la ciencia, en particular de la ciencia decimonónica, de ese positivismo científico no corregido por consideraciones éticas que asociamos con el nacimiento de la modernidad. También es una metáfora de esa modernidad Aniol Almarrosa, el novelista, aunque en su caso es más una representación del componente inmoral de la modernidad que del amoral. La cruzada de Almarrosa es por ver hasta dónde puede llegar como creador en un mundo despojado de valores morales absolutos. Una especie de descendiente paródico de Nietzsche y Dostoyevski.

 

De toda la cohorte de secundarios, ¿cuál le creó más quebraderos de cabeza?

Sin duda, el propio Almarrosa. Me resultó muy difícil graduar su punto exacto de locura. Cómo hacerlo interesante sin que cayera en el ridículo.

 

En la novela se describen algunas escenas verdaderamente extremas: mutilaciones, violaciones… ¿Cómo las trabajó?

Con cierta dificultad en algunos casos, como por ejemplo en la escena del aborto. No soy particularmente quisquilloso o remilgado, pero tampoco me resultan fáciles ciertas formas de violencia física. Sin embargo, me parece importante que todas aparezcan en la novela. Por un lado, creo que hay un imperativo de género, tanto en el policial como en el neogótico, que obliga a explorar los rincones más oscuros de la conducta humana, además del «material reprimido» por las convenciones sociales, por usar un término freudiano. A su vez, hay un componente claramente hipnótico en la violencia extrema, algo que provoca rechazo pero al mismo tiempo nos fascina, como ver imágenes de accidentes. Esto ya ha sido muy explorado por la literatura y el arte del siglo pasado y no me parece que haga falta argumentarlo demasiado.

 

¿Por qué a Barcelona se le da tan bien este tipo de novelas?

Esto no lo sé. Lo que sí sé es que Barcelona es mi ciudad y la ciudad que yo quiero transformar, recrear, manipular y venerar con mis relatos. Soy lector habitual sobre Historia de la ciudad y también paseante obsesivo de la Ciudad Antigua. Para mí es casi imposible no referirme a ella y a sus cambios, evoluciones e involuciones. Corona de flores es, a cierto nivel profundo, una obra elegíaca sobre la profanación de mi ciudad. Respecto a la tradición novelística, he acudido básicamente a dos corrientes: una es la perteneciente a lo que podríamos llamar la alta sátira, que se iniciaría con Vida privada de Sagarra y continuaría con Marsé, La ciudad de los prodigios de Mendoza y Francisco Casavella; la otra es la Barcelona mágica de los representantes más literarios del grupo Dau al Set: Cirlot y Perucho. También me interesan otras formas literarias, como la Barcelona de las novelas políticas de David Castillo.

 

¿Cómo fue la documentación para reconstruir, no sólo el ambiente histórico, sino también la geografía urbana de la ciudad de la época?

Visité durante unos meses la Biblioteca de Catalunya y la de la Facultad de Historia de la Universitat de Barcelona, que están las dos en mi barrio. Usé mapas y callejeros de la época, claro, como el famoso de Víctor Balaguer, que se sigue vendiendo hoy en día en facsímil. Y traté de ser lo más fiel posible a ese ambiente y a esa geografía: solamente introduje dos alteraciones muy menores a la Barcelona de la época: la primera es la calle Riudecendra, que no existe, sino que es la fusión de dos callejones adyacentes al antiguo Hospital de Sant Pau: las calles Egipcíaques y Roig; y otra es la Torre dels Corbs, que se corresponde con el Palau Recasens de Barcelona pero que moví un par o tres de calles para que se pudiera entrar en él por el Regomir.

 

¿Cuál es la forma de articular una novela de este tipo, con tantos personajes, tramas enlazadas, giros inesperados…?

La verdad es que después de dos novelas corales con más de quinientas páginas y varias docenas de personajes cada una, me resultó un alivio escribir Corona de flores, que tiene noventa mil palabras y dos protagonistas claramente centrales. Aparte de eso, no hago nada en particular, más allá, eso sí, de desarrollar toda la trama con detalle en cuadernos antes de empezar a escribir el primer borrador.

 

Los capítulos cortos recuerdan a esos folletines por entregas precisamente del siglo XIX. ¿Casualidad o intención?

En mi anterior novela, Mundo maravilloso, había una voluntad explícita de que los capítulos fueran réplicas de la extensión y el ritmo de los capítulos de las novelas de Dickens. En Corona de flores más o menos pasa igual, aunque también simplemente me he acomodado un poco en esta extensión porque me parece muy cómoda y facilita la lectura.

 

¿El final de la novela es una invitación a una futura segunda entrega?

Escribir algún día una continuación de Corona de flores es una fantasía que tengo.