Entrevista a Graciela Speranza

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Andalucía Crítica · 17/11/12

 

Graciela Speranza, finalista del Premio Anagrama de Ensayo

 

«No me gusta el multiculturalismo como nueva lógica

cultural del capitalismo global»

 

Arte y ficciones errantes. ¿Cuál es el lugar de Latinoamérica? En su nuevo ensayo, Atlas portátil de América Latina (Anagrama), Graciela Speranza busca respuestas en obras de artistas y escritores que actúan como cartografías imaginarias («The Loop», de Francis Alÿs; «Piedra que cede», de Gabriel Orozco; el surrealismo de Roberto Bolaño; «Bajo este sol tremendo», de Carlos Busqued), incitando al ojo crítico a bucear en los intervalos de un mapa de supervivencias, esferas y redes, en las piezas móviles del tablero que fija imágenes y palabras.

 

Ante el desdibuje, generalizado hoy día, de los límites geográficos, históricos y estéticos, ¿podemos definir un arte latinoamericano?

Creo que no hay otra región o continente que vuelva con tanta insistencia a esa preguntas: ¿Existe un arte latinoamericano? ¿Hay una literatura latinoamericana? Y antes todavía: ¿Qué es América Latina? Puede que para la economía regional esa identidad colectiva siga siendo estratégicamente productiva, pero reducir la variedad del arte del continente a tres o cuatro rasgos, volver por ejemplo a los esencialismos del boom latinoamericano, resulta hoy muy empobrecedor. Como yo misma no tengo respuestas categóricas para esa pregunta, me pareció mejor atender a las respuestas más facetadas y complejas que dan hoy la Literatura y el Arte, a través de un conjunto lo más variado posible que diera cuenta de algunas sintonías dentro de la enorme heterogeneidad. Atlas portátil de América Latina, como forma de conocimiento por montaje, quiere invitar al lector a descubrir esas analogías y diferencias, esas continuidades y discontinuidades entre las obras de escritores y artistas de América Latina, sin poner la pregunta por la identidad nacional y continental en primer plano. Creo por otra parte que si respondiera esa pregunta, traicionaría al libro, que quiere hablar a su modo en los intervalos.

 

Hablamos de objetos portátiles, el mundo a cuesta (como aquella muestra del historiador de arte Didi-Huberman en el Reina Sofía de Madrid, homenaje a la obra de Aby Warburg) en una suerte de migraciones, discontinuidades, resistencias...

La muestra de Didi-Huberman me pareció extraordinaria, un verdadero ensayo desplegado en el Reina Sofía que desordenaba y volvía a ordenar el arte del siglo XX y XIX a partir del «principio atlas» de Warburg, espacializado en las salas del museo. Tuve la suerte de visitar la muestra y me alegró la sintonía con el atlas que yo misma estaba componiendo, que en mi caso quería reunir imágenes y textos, literatura y artes visuales. El modo en que el espectador podía recomponer el mundo con lo que el arte lleva a cuestas me confirmó que la llama de la historia del arte anacrónica de Warburg estaba muy viva, y al mismo tiempo me disparó nuevas preguntas por el lugar del arte latinoamericano en el panorama más amplio del arte del mundo.

 

En la búsqueda de un origen el énfasis lo pone el movimiento, por encima de filiaciones nacionales, derechos de nacimiento, etiquetas puras...

No hay duda de que vivimos en tiempos de movilidad ampliada, sin centros firmes ni hegemonías planetarias claras, que han trastornado las ideas rígidas de la identidad. Pero también es cierto que se ha impuesto una idea pobre de la globalización que no sólo fracasó en términos políticos y económicos, sino que está llevando a un riesgoso retorno de los nacionalismos. Por eso quise atender a las formas errantes de muchos artistas y escritores de hoy, las cartografías imaginarias con las que reconfiguran al mundo, las redes más flexibles que traman con otras tradiciones. Hay ahí una idea más lábil de la identidad, que no se fija a un territorio sino que se nutre de los lugares que recorre en la marcha, se alimenta con la experiencia de moradas transitorias, de arraigos sucesivos o simultáneos. Esa experiencia se condensa en formas dinámicas, artefactos portátiles, que no responden a las demandas de ese multiculturalismo desleído que aplana las diferencias, sino que consiguen ampliar el horizonte sin perder las singularidades locales, que no hibridan culturas sino que mantienen la fricción de lo diverso.

 

Porque usted no está satisfecha con la posición otorgada a la cultura latinoamericana en el ordenamiento multicultural actual...

No me gusta ese multiculturalismo condescendiente que exalta la diversidad con versiones del Otro —«lo latino» en este caso—, que buscan en el arte fetiches coleccionables para poblar los nuevos parques temáticos de la cultura globalizada, o para alimentar la voracidad del mercado del arte. Llamémoslo un nuevo exotismo: el multiculturalismo como nueva lógica cultural del capitalismo global.

 

¿Y quién mejor que la imaginación artística para promover, frente al consenso, un disenso que active configuraciones dormitadas?

Es cierto que perdimos las ilusiones vanguardistas de que el Arte iría a transformar el mundo y emanciparnos, pero frente a la pobreza de otros discursos incapaces de pensar el presente o imaginar el futuro, el Arte sigue siendo un espacio de búsqueda que no se resigna al realismo craso de la Política o la Economía y quiere dar un salto con la imaginación. «Incongruente», «informe», «radicante», «relacional», son algunas de las caracterizaciones tentativas del arte contemporáneo que hablan de una voluntad de desagregarse, ser otra cosa y estar en otra parte. Una falta en la que quizás radique su potencia y su sentido histórico: un arte generador de espacios de choque, contradicciones, sede temporaria incluso de refugiados políticos de otros campos. Si el enemigo más temido de la creatividad artística y política es el consenso, el arte sigue siendo un espacio abierto que todavía puede promover el disenso, traicionando las expectativas con nuevos usos de los medios y los espacios, modificando lo visible, los modos de percibirlo y expresarlo. «Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad», decía Gramsci. Yo agregaría: «imaginación del arte». El Arte extraña el mundo para que podamos volver a mirarlo.

 

En su obra realiza un estudio crítico de una selección de artistas. ¿En qué basó esa elección?

Creo que el primer impulso fue llevar a la crítica mi entusiasmo con el arte y la literatura que consiguen poner el pensamiento en marcha. Dicho más claro: quería pensar con el Arte. O mejor, con un arte que da a mirar y a leer, pero también habla a su manera del mundo contemporáneo a través de sus mismas formas. En ese sentido, no es casual que se trate en la mayoría de los casos de obras con una fuerte impronta conceptual. Quería entonces pensar y leer en el «entre dos» de las imágenes y el texto, entre el Arte y la Literatura, entre lo visible y lo enunciable. Un recorrido textual guiado por el principio atlas que reuniera lo que yo misma he reunido en la experiencia del arte contemporáneo y consiguiera ahondar en las formas errantes que abundan en la literatura y el arte latinoamericanos de hoy, por motivos que las mismas obras se ocuparían de interrogar. Hay obras que fueron sumándose naturalmente porque funcionan en sí mismas como atlas: las escenas compuestas con figuritas de todas partes de la argentina Liliana Porter, el archivo líquido del mexicano Carlos Amorales, los mapas de Guillermo Kuitca, las sagas transatlánticas de Roberto Bolaño.

 

Artistas todos «atemporales»...

Contemporáneos, yo diría, en el sentido más fértil y más hondo que le da Giorgio Agamben a la palabra. Artistas de nuestro tiempo que a la vez pueden mirar el presente con cierta distancia, en relación con otros tiempos. Los autores y artistas que se fueron sumando eran finalmente los que traían respuestas personales a preguntas que yo misma no podía responder: qué es hoy América Latina, cómo mirar el mundo desde América Latina en un momento en que los órdenes convencionales del mundo están cambiando. El libro, por lo tanto, quería descomponer las definiciones más o menos convencionales de América Latina y dejar que Arte y Literatura las recompusieran a su manera. Claro que también me dejé guiar por mis entusiasmos. De ahí que el atlas no atienda a las cuotas de la corrección política, ni a la representatividad nacional, ni a las cuotas de género, ni de nada. Pero el mismo dispositivo, a fin de cuentas, es virtualmente infinito y quizás arbitrario, y por lo tanto las obras podrían ser muchas más. No suscribo para nada esas quejas melancólicas sobre una presunta pobreza del arte actual: a mí no me alcanza el tiempo para escribir sobre el arte que me entusiasma y me hace pensar.

 

Imagino que en esa búsqueda de respuestas le habrán surgido nuevas preguntas. ¿Por ejemplo?

¿Cómo será el atlas de América Latina del futuro? ¿Seguiremos preguntándonos por América Latina? ¿Y cómo será el arte del futuro? ¿Encontraremos la forma de «componer» el mundo, ya no en la página ni en la tela, sino en el mapa vivo del planeta?