Entrevista a Eloy Sánchez Rosillo

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Andalucía Crítica · 13/6/11

 

Eloy Sánchez Rosillo, poeta

 

«Ya no creo en un tiempo fragmentado en pedazos que flotan a la deriva»

 

Sueño del origen (Tusquets) es un paso más, preciso y natural, en el tránsito creativo de Eloy Sánchez Rosillo, un poeta elegante en continuo aprendizaje a partir de la experimentación emocional: desde aquellas primeras elegías hasta esta madurez al dente, en un proceso siempre gradual. Versos, los de este poemario, que hablan del mundo como patrimonio inherente del Hombre, una imbricación primitiva que nos transporta, en formidable analepsis, a la pureza de todo principio.

 

Quienes han seguido su obra entienden Sueño del origen como su libro más maduro hasta la fecha, y no precisamente por ser el más reciente…

Pues me alegro, claro está. Por mi edad, podría decirse irónicamente de mí que me encuentro ahora no ya en la madurez, sino en la madurez extrema, así que no está mal que este nuevo libro mío sea considerado por los lectores mi libro más maduro. Lo contrario sería preocupante. La verdad es que Sueño del origen es el libro que de manera más natural y como sin darme cuenta he alcanzado a escribir. Los poemas me fueron llegando de no sé dónde en tres o cuatro rachas, entre 2007 y 2009. Cuando vine a darme cuenta, el libro ya estaba hecho. Y la verdad es que estoy contento con esos poemas que apenas tengo conciencia de haber escrito, que siento como un regalo.

 

Aunque mantiene su sello, la evolución artística ha sido en usted siempre algo natural…

Todo lo que está vivo evoluciona indefectiblemente, sin dejar por ello de ser él mismo, es decir, manteniendo sus rasgos identificativos, las huellas dactilares que lo singularizan. Pero esa evolución natural no suele producirse de la noche a la mañana, en un santiamén, sino de manera paulatina. Los cambios bruscos, radicales y repentinos derivan por lo general en catástrofe, precisamente porque no son naturales. Si miramos algo en momentos muy próximos entre sí, no nos será posible percibir los cambios que ahí se producen y nos parecerá que eso no se mueve, que siempre está igual, pero si lo consideramos desde el instante en que empezó a ser hasta el momento del presente en que nos encontremos (siempre que haya tiempo bastante entre uno y otro), nos daremos cuenta de sus irremediables transformaciones (sean éstas para bien o para mal, que ésa es otra cuestión).

 

Sus reflexiones quizá sean ahora más extrínsecas…

A mi juicio, nunca he sido un poeta ensimismado en el yo. El poeta se mira con frecuencia a sí mismo (que es lo que más cerca tiene), pero a sí mismo en el mundo y con el mundo, es decir, formando parte de un todo que nada tiene que ver con un ego encapsulado y ciego. Eso creo que estaba en mi poesía de antes y en la de ahora. Sin embargo, el grado de «despersonalización» de mí poesía actual es aún más intenso, como usted señala. En mis poemas recientes, procuro no hablar yo mucho y que sean las cosas las que hablen a través de mí.

 

Eso de afuera siempre se percibe en su libro como algo propio, patrimonial de cada uno…

Sí, por supuesto. Si hablo del mundo en mis poemas, de la realidad toda, es porque me interesa y me enamora, porque siento que todo lo que hay fuera de mí es mío y me pertenece como inmensa heredad. Ciertamente, lo de afuera, si uno sabe escuchar con atención y no actúa, sino que se está quieto y escucha, va entrando en uno y siendo de uno. Pero el poeta no puede quedarse para él solo con todo lo que le llega, avariciosamente; lo suyo tiene también que ser de todos a través de su palabra. Es decir, que el patrimonio propio, al final, es también de propiedad común.

 

¿Siente cambiada su concepción del tiempo?

Sí, por completo. Ahí creo yo que está la clave de la evolución grande que se ha ido produciendo en mi poesía, sobre todo en los últimos libros, desde La certeza hasta el presente. Antes tenía un sentido lineal del tiempo, creía en un pasado, en un presente y un futuro, y me angustiaba ver que el presente no tenía apenas consistencia. Todo iba viniendo desde el futuro, pasaba un instante por nuestras manos y se transformaba enseguida en pasado, en olvido y en muerte. Pero a partir de La certeza mi entendimiento y sentimiento del tiempo comenzaron a cambiar. Ahora ya no creo en un tiempo fragmentado en pedazos que flotan a la deriva. Percibo un tiempo entero y único que abarca el pasado, el presente y el futuro, o mejor dicho, que es un presente inmenso e inacabable en el que todo está sucediendo siempre de forma simultánea, sin transcurso hacia la muerte.

 

Parece que gusta usted de la métrica clásica…

Bueno, la métrica no es clásica ni moderna; es algo de siempre, un intento de oír la música, el ritmo del mundo. Todas las cosas están inmersas en esa música que el poeta debe oír, pues sin ella no hay poema. Incluso el buen verso libre, para mí, es una derivación personal de la métrica que nos ha legado la tradición. Las posibilidades combinatorias de esa métrica son infinitas, y aunque a veces los «moldes» utilizados por diversos poetas parezcan idénticos, en cada uno de tales poetas, si se trata de creadores verdaderos, suenan de manera absolutamente distinta. Es como cuando dos o más auténticos músicos tocan alternativamente un mismo violín: a cada uno de ellos le sonará ese instrumento de tan singular manera que parecerá que tocan violines diferentes.

 

Los poemas de este libro desprenden una trascendencia que remite al origen. Con el bagaje de los años, ¿cómo ha terminando entendiendo la poesía?

Como un camino que nos lleva no a un final, sino al origen puro de las cosas, un lugar en el que se respira un aire de aurora y en el que todo está siempre como brotando y empezando a nacer.

 

Y, como escribe en uno de sus versos, «Todo es ya centro»...

Porque el lugar al que me estoy refiriendo, el origen, es un sitio sin orillas, sin alrededores ni arrabales. Todo es allí esencial, primigenio, central.

 

¿Qué le debe a la poesía?

Mi identidad completa. Yo soy éste al que usted le está preguntando, y no otro absolutamente distinto, gracias a la poesía, que ha sido y es la pasión constante e irrenunciable de mi vida. En este sentido, podría decirle que no soy yo quien hace la poesía, sino que la poesía me hace a mí.