Entrevista a Antonio Cabrera

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Andalucía Crítica · 13/1/11

 

Antonio Cabrera, poeta

 

«En el conflicto entre realidad y textura del yo se gesta mi poesía»

 

Como piedras al agua, tan precisas como efectivas, perturbadoras de una superficie siempre dilatable, propensa a la expresión menos esquiva, a la introspección más certera, donde la dialéctica entre forma y esencia, escenario e identidad, entre lo contemplado y lo considerado, va implantando una suerte de ondas concéntricas que tienden a expandirse entre la atemporal eventualidad. Porque, tras En la estación perpetua (XII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe y Nacional de la Crítica), Tierra en el cielo y Con el aire (XXV Internacional de Poesía Ciudad de Melilla y Premio de la Crítica Valenciana), el nuevo poemario de Antonio Cabrera, voz necesaria dentro del verso español contemporáneo, propone una pronunciada evocación reverberante, extensible pero modulada…

 

Piedras al agua (Tusquets) aparece estructurado en tres bloques que, aunque claramente imbricados, por momentos desprenden cierta vida propia...

Mi pretensión artística siempre es la misma: intentar escribir buenos poemas. Por lo demás, no me planteo a priori —o al menos no lo he hecho hasta ahora— la estructura de mis libros. Voy escribiendo poemas (en esta ocasión a lo largo de cuatro años) y cuando creo llegado el momento los someto a observación general. Busco entonces elementos que puedan servirme para ordenarlos o agruparlos. Estos elementos son de orden temático la mayoría de las veces, pero también atiendo al tono e incluso a la extensión de los poemas. Siempre hay imprecisión en esta búsqueda, porque lograr un control pleno y satisfactorio sobre la armonía del conjunto resulta algo quimérico, aunque uno no deje de perseguirlo sin pensar mucho en su imposibilidad.

 

¿Qué características diría que aúnan todos los poemas del libro?

Las partes de Piedras al agua responden a un recorrido iniciado en escenarios que además de exteriores quieren ser «externos»; ese recorrido entra después en un ámbito de interiores domésticos y afectivos, y sale finalmente a una exterioridad teñida —más teñida que en la parte primera— de conciencia sentimental. Sin duda, cada uno de estos tres bloques los atraviesa un mismo leitmotiv: la relación establecida entre el yo y el mundo. A este respecto debo decir que me gustaría escribir poemas donde triunfara el mundo sobre el yo, poemas cuyas palabras transportaran la realidad con una superioridad lírica irrevocable, que lo real quedara envuelto, protegido y, digamos, aislado en su cercanía. Una cosa así, sin embargo, antes la fantaseo que la consigo. El yo se impone, se disfraza, no hay quien se lo quite de encima. Huyo de la sentimentalidad —y mucho más aún del sentimentalismo, por supuesto— porque persigo el poema que sea reflejo reconocible de lo real, y al mismo tiempo reflejo transmutado, vibración nueva. Pero, insisto, la interferencia del yo acaba apareciendo tarde o temprano, y se queda en el poema, no la evito. En este conflicto entre realidad sola y textura del yo se gesta mi poesía.

 

Heráclito, filósofo presocrático, defendía aquello de «todo pasa». Su coetáneo Parménides, sin embargo, apostaba por la inmutabilidad del ser: «todo queda». ¿Qué diría usted?

Yo diría, machadianamente, que «lo nuestro es pasar». Al tiempo fugitivo se alude más de una vez en mi libro. Estamos inscritos en el flujo temporal y nos vamos desdibujando en él hasta desaparecer, como es obvio. No obstante, hay una asombrosa quietud de las cosas que a mí me interesa mucho. Todo fluye, desde luego, pero en la realidad natural y objetual este cambio permanente es, con todo, muchas veces tan lento que propone un interrogante muy fértil acerca de la presencia misma. La presencia es capaz de echar raíces —qué paradoja— en la fugacidad.

 

Desde la premiada En la estación perpetua, ¿considera que ha cambiado mucho su poesía a lo largo de estos diez años?

Mi producción poética de cierto valor aparece con En la estación perpetua, libro que publico cuando ya tenía cuarenta y dos años. A una eclosión tan tardía creo que le corresponde algún tipo de esclerosis, en el sentido más benigno de la palabra. En consecuencia, no creo que haya o vaya a haber demasiados cambios ni evolución destacables en mi obra, por otra parte más bien escasa hasta ahora (tres poemarios más una breve colección de haikus). Lo más probable es que cada nuevo libro mío represente un círculo concéntrico en torno al núcleo de la temática que he descrito arriba, la relación yo-mundo. Así es como evolucionaré, supongo, alejándome concéntricamente de dicho núcleo. De todos modos, estoy poco dotado para apreciar con claridad derivas o diferencias significativas en lo que voy escribiendo.

 

¿Hasta qué punto es decisiva la técnica?

El verso libre no debe liberarse de la técnica, de su técnica particular. Por lo que a mí respecta, mi verso no es libre, sino pautado por la métrica imparisílaba castellana. Es blanco, sin rima, pero no libre. Sin un proceder en alguna medida controlado, sin una manipulación hábil de los recursos expresivos, no hay resultados artísticos satisfactorios. En poesía, como en todo arte, la técnica es sencillamente imprescindible.

 

¿Qué le exige a un poema?

A un poema le exijo que me abra la posibilidad de entender algo (pero que esta posibilidad sea como una promesa nunca cumplida del todo) mientras me lleva sobre o hasta la emoción. Y aquí topamos con un problema grande, pues determinar en qué consiste la emoción poética es una empresa ardua. Apunto solamente esta idea: quizá su naturaleza incumba más al intelecto que al sentimiento puro. La emoción poética nos pone ante el embrollo de tener que especificar los porcentajes de intelección y pulso sentimental que un buen poema nos obliga a mezclar.

 

¿Poesía como sinónimo de inspiración?

Sí, pero siempre que entendamos «inspiración» como sinónimo de «intención con hallazgo», o de «propósito con sorpresa», o de «voluntad corregida por lo inesperado mejor». Tal y como yo la veo, la poesía no debe rechazar el control de la inteligencia, aunque tampoco debe estar blindada contra el abandonarse a una cierta manera de fluir el lenguaje, la que de pronto sitúa al poeta ante soluciones imprevistas y preferibles, con carga poética de mayor calado. Eugenio Montale solía citar al poeta Bettinelli, quien definió la poesía como «un sueño tenido en presencia de la razón». Con algo así estoy de acuerdo hoy por hoy.

 

Rezuma en muchos de los poemas que conforman Piedras al agua el concepto de identidad. ¿Es la mejor poesía aquella que da voz al desheredado, en las diferentes acepciones del término?

En Piedras al agua hay, sin duda, una reflexión sobre la identidad o al menos un asedio de esa cuestión. Debo aclarar que no soy capaz de figurarme lo que somos sin el escenario concreto y real donde somos. Esencia y situación se complican: somos en un lugar, siempre. Mis poemas buscan ir hacia ese nudo y en ocasiones quizá logren moverse dentro de él. Dicho esto, estoy convencido de que la mejor poesía no viene determinada por el tema, sea éste la naturaleza existencialmente desheredada del Hombre o la realidad socialmente desheredada, injusta, de muchos seres humanos. Como resulta evidente, mi poesía tendría más que ver con la primera acepción que con la segunda, con todos los matices aclaratorios que ahora no puedo exponer. Pero, ya digo, la calidad dependerá en cualquier caso de factores de orden estético.

 

Bueno, no podría dejar pasar la oportunidad de preguntarle cómo surge su pasión por el verso…

Debió de ser por efecto de mi formación escolar. Tuve maestros que supieron transmitirme el gusto por las palabras. He escrito desde niño, aunque mi aprendizaje literario posterior fue lento y largo.

 

¿De qué fuentes bebe la poesía de Antonio Cabrera?

Puedo enumerar, citando sólo la tradición castellana más próxima, autores de los cuales reconozco influencias en grado diverso: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Valente, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, César Simón…

 

Me gustaría conocer su opinión acerca del papel que ocupa la poesía en el panorama literario actual…

En la actualidad, y en cuanto a su recepción, la poesía sigue siendo un género minoritario y, por supuesto, de relevancia comercial menor. Tengo la impresión, no obstante, de que esta minoría está ampliándose, bien es verdad que sin dejar de manejar bastante confusión. Sabido es, por ejemplo, que se escribe mucha poesía (todo el mundo tiene unos poemas más o menos a buen recaudo) y sin embargo se lee muy poca. Esto genera malentendidos y perplejidad. La explicación probablemente reside en el hecho de que las palabras son una propiedad común pero personal a la vez, algo que para muchas personas legitima su uso confesional o expresivo en el sentido más ingenuo. Tomar por literatura esta utilización de las palabras —a menudo con cariz intimista— suele ser el paso inmediato. El uso literario, claro está, resulta mucho más exigente y laborioso. Al margen de todo esto, tenemos en poesía numerosas y excelentes editoriales y colecciones, sin olvidar las nuevas posibilidades ofrecidas por la red, así que el contexto de edición me parece saludable, como saludable es también la nómina de valores asentados y de valores futuros.